Guardias
No pensábamos morir aquel verano.
Si me lo hubieran preguntado cinco años antes, a mis treinta y dos, hubiera
dicho que pensaba morir cuarenta y nueve años después. Siempre había tenido la estúpida
impresión de que iba a durar hasta los ochenta y uno. Es muy fácil pensar algo
así cuando uno tiene treinta o treinta y pocos y ninguna enfermedad grave de la
que preocuparse.
Si me lo hubieran preguntado el
verano anterior quizá hubiera pensado que tenía ciertas probabilidades de morir
a los cincuenta, o a los sesenta. Las olas de calor se habían llevado ya por
delante a mucha gente, y las olas de frío en invierno, y lo peor era que las
previsiones hacían pensar que las cosas iban a ir a peor cada vez que dábamos
la vuelta a una estación.
Estábamos ya en el décimo año de
la crisis, así que aunque ella era ginecóloga y yo me había quedado con parte
de la pequeña empresa en la que trabajaba al morir una de mis jefas, la
combinación de nuestros sueldos no nos daba para pensar siquiera en mudarnos a
un clima más templado.
Más templado dónde, repetía ella.
En Europa, al norte, viviríamos como indigentes y no pasaríamos del primer
invierno de veinte bajo cero. Más al sur de España el verano nos terminaría
asfixiando.
Además yo sabía que conservaba el
sueño de dar a luz a un hijo, aunque con el paso de los años pareciera más
imposible.
Por eso cuando conocimos a Tamara
la terminamos adoptando y vimos crecer día a día su barriga.
No pensaba yo que podríamos morir
aquel verano. Pero comenzaron a hacerlo nuestros amigos. Un mediodía de julio
ardió la casa de uno de ellos, por combustión espontánea, mientras comían juntos
una paella a la que habíamos decidido no ir. Se salvaron dos o tres, el resto
simplemente se abandonaron al calor. No era muy distinto de lo que habíamos
estado viviendo los veranos anteriores, y apuesto a que durante unos momentos
no notaron ni siquiera el cambio, concentrados en las cabezas de gamba. Para
cuando lo hicieron era demasiado tarde, y los bomberos voluntarios no tenían
más que agua para salvar aquellos incendios que afectaban a comunidades
grandes, o a edificios con riesgo de derrumbe.
Sin embargo nadie quería admitir
que estábamos ante el fin del mundo. Los aparatos de aire acondicionado seguían
funcionando en algunos lugares, cuando lo permitía la electricidad. La
evaporación de grandes masas de agua había reducido la energía hidroeléctrica,
pero en las ciudades todavía era posible encontrar a aquellos que seguían
consumiendo la que quedaba para mantenerse vivos en los barrios más altos,
mientras que el resto nos arrastrábamos hasta las plazas para hacer cola ante
los camiones cisterna.
El gobierno, en un arranque de
originalidad, había dejado la gestión en manos del capital extranjero, y
simplemente íbamos a la deriva. Las noticias hablaban de grupos de científicos
que buscaban soluciones, pero las noticias eran cada vez menos urgentes, consumidas
por la necesidad de enterrar los cadáveres en verano antes de que la
putrefacción, más rápida cada mes, los convirtiera en focos de infección en
horas. Era lo único bueno del invierno, las temperaturas de dos dígitos bajo
cero que alcanzábamos hacía que los ancianos muertos por hipotermia pudieran
aguantar sin pudrirse durante bastante tiempo.
Había pasado el tiempo de las
manifestaciones. Esas habían tenido lugar ocho o diez años antes, cuando
después de estar diez días en la Puerta del Sol uno podía llegar a casa y
dormir doce horas seguidas después de darse una buena ducha. Ahora no. Ahora ni
siquiera hacía falta disolver a los manifestantes. El tiempo lo hacía, o los
iba matando uno a uno como un siniestro niño con una lupa a las puertas de un
hormiguero. Además, ya hacía tiempo que los canales de televisión languidecían
con las reposiciones de películas del siglo anterior. Los productores, los
cámaras, los presentadores, empezaron a marcharse cuando se estropearon sus
aires acondicionados y descubrieron que era mejor refugiarse en el coche que
dentro de su propio trabajo.
Aunque llevábamos años hablando
de partos yo no tenía ni media idea de cómo organizar uno...
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